Migración de Escrúpulos XXIII

Rojito, rojito, rojito !Ay!

Sabía que iba a ganar. Pero nunca pensé que me pegaría tan duro en el corazón. ¿Qué haya ganado Chávez?, me preguntarán alzando una ceja. Y yo responderé que no.

Lo que me pegó tan duro fue entender que el país del cual provengo no existe más. Vive en el recuerdo de aquellos que se fueron y piensan que pueden recrear su fantasía parnasiana comprando cachitos de jamón en Don Pan como si fuera una curiosidad. Infecta a aquellos deprimidos que aún esperan por irse y deben aguantar un paisaje que los repele con su agresividad. Muere en una generación que recuerda sin sonrisas a una Venezuela polarizada entre AD y COPEY mientras revuelven con su dedo el whisky en el único día libre que les queda entre los dos trabajos que mantiene en el mall.

Yo volví hace poco. Y lo primero que hice fue piropear a la Sultana del Ávila. Pero ella me miró con ojos de desconfianza e incluso se dió el lujo de decirme “traidora”. Los pocos conocidos que me quedaban -porque cada vez la ciudad se llena de OTRA gente- me preguntaban cuál era la razón de mi retorno.

“¿Qué haces aquí, chama?”

¿Qué hacía allí? !Coño! ¿Acaso no nací allí? ¿O tengo que darles mi partida de nacimiento para que me crean?

Los OTROS. Asqueroso concepto maniqueo que sataniza todo lo que no es UNO. Los otros son lo que no es UNO.

Ya no soy OTRA en MIA tierra, pero los nuevos MIOS no me dejan de mirar con ojos de OTROS.

Sur o no sur, como dice Kevin Johansen

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