La Jaula de Oro V

Cosas de las cuales prefiero no acordarme

Mi abuela decía que la ropa sucia se lava en casa, aunque no sé si se refería a la ropa o a los chismes familiares. “A veces pueden ser las dos”, pensaba Eloisa mientras restregaba sus pantaletas antes de meterlas a la lavadora. La correctísima niña se encontraba en una situación bastante incómoda: al lado de ella se había instalado un desconocido a doblar su ropa.
“!Coño! ni pensar que cuando era rica tenía una cachifa que me lavaba los sostenes a mano”, pensaba la ex niña-bien mientras intentaba desaparecer las manchas de sangre de su periodo mientras el guapo doblador de camisas la escudriñaba con su mirada de detergente Ariel.
“Primero muerta que bañada en sangre”, solía decir la glamorosa ex suegra de Eloisa. Así que la chica se dedicó a esperar a que el fanático de la limpieza terminara de acomodar sus tres secadoras llenas de ropa. Ya había sorteado la vergüenza, ahora le tocaba lidiar con el aburrimiento.”¿Cuándo fue la última vez que pasé por una situación así?…

Fue justo después del divorcio. Eloisa tenía tantas telarañas entre las piernas que era incapaz de discriminar entre las promesas vanas y las realidades suculentas… para ella, todas las pollas eran grandes. Por eso, cuando recibió la llamada de Martín se puso eufórica: alguien, se iba a tomar el trabajo de enseñarle el significado -y la conexión- de cosas tan disímiles como beso negro, vibrador y penetración doble.

Así que aquella lejana noche sacudió el polvo de su liguero con la intención de ofrecerle una peluda sorpresa a su nuevo amante. El hombre, guapísimo a más no poder, la llevó a comer al Jardín de las Crepes… mal comienzo.

No importó que Eloisa mostrara sus bajos instintos tratando de emular a la Stone. No importó el pie femenino descalzo buscando su pene vestido por debajo de la mesa. No importó los gestos obscenos que la niña de colegio de monjas hacía con el pitillo. Simplemente era imposible romper el idilio que Martín sostenía con su gigante cóctel de helado de fresa con alcohol coronado con una nube de crema chantilly. “¡Ah! Se me había olvidado; ¿quieres un pitillo para que pruebes? ¡Está riquísimo!”, remató el galán.

Ya Eloísa se había resignado a masturbarse cuando Martín cruzó su Hummer justo a la derecha, en un pequeño hotelito enclavado en la calle Orinoco. Eloísa ya perdía la paciencia justo cuando el galán de telenovelas regresó con una llave más grande que su cartera Birkin Hermes imitación. “¿Estás nerviosa?, preguntó él, mientras ella le viraba los ojos antes de abrir la habitación.

Eloisa no soportó un preámbulo demasiado largo. Por fin iba a tener sexo con algo de carne y hueso, con un pene de verdad. Así que para acelerar el deseo del macho, se quitó su falda Escada de cuero, regalo de su ex suegra. ¡A Martín casi se le salen los ojos! Primero le quitó los tacones estiletos Jimmy Cho, luego siguió con sus dedos ágiles el camino de sus medias panties La Perla hasta llegar al ajado -pero aún funcional- liguero negro. Y allí, justo en el centro, se encontraba el peluchito de Eloísa.

“Cierra los ojos mi amor, que te tengo una sorpresa”, dijo el amante, después de recorrer su clítoris con su muy-ágil lengua. A esas alturas Eloisa ya no tenía voluntad y sólo esperaba la penetración del padrote, ¡porque después de tanta cursilería sería lo mínimo! Pero el tipo nada que la metía, solo puro mamar y mamar y mamar…

De pronto, Eloisa sintió algo pegostoso en su vagina. La sensación era extraña pero no desagradable, así que aguantó un poco a ciegas. “Mi amor, ¿confías en mí?”, dijo Martín, atribuyéndose afectos ajenos. “Bueno si, supongo”, contestó la chica a punto de perder la paciencia ante la sensación de algo muy frío raspando sus labios. “Tranquila mi cielo, acabo de terminar. Ya puedes mirar”, exclamó Martín satisfecho…

Su peluda, orgullo de mamá Eloisa durante tantos años, ahora era calva.

-“Gracias a mí por fin tu coño puede mostrarse tal como es: HERMOSA”, exclamó el cabrón mientras relamía con la lengua su obra maestra.
-“¡El coño de tu madre!” se lamentaba Eloisa al tiempo que se sacudía las nubes de espuma de afeitar. “¿Quién me manda a mí cogerme a huevones como tú?” gritaba ella, cual diva, mientras se lavaba y vestía para huir de la escena del delito.

Eloisa hizo lo que pudo para evitar que su pelona no se mancillara con la tapicería del taxi. La imagen de Martín-huevo-pequeño-masturbado volvía una y vez a su cabeza mientras se proporcionaba a ella misma con su conejito lo que no pudo conseguir: una penetración.

(Todos los dibujos, exceptos la foto de Sharon Stone, son míos)
P.D.: Disculpame Cacaíto, pero te estabas tardado mucho. Igual soy fusilable, porque seguro lo haces el doble de bien.

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Filed under erotismo, ficcion, jaula de oro, venezuela

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