El presidente y la "comenotas"

LA JAULA DE ORO IX

Bruto Chávez estaba sentado frente a mí, riendo y sudando al mismo tiempo. Sus acólitos, vestidos de camisas rojas, me rodeaban por detrás y a la izquierda. A la derecha se asomaba un barranco con vista al mar.

“Mira muchachita, píntame bien bonito porque si no terminas como la comenotas“, dijo el presidente mientras movía la cabeza convulsivamente y no paraba de sonreír.

El estómago se me aflojó de golpe.

¿Cómo había terminado allí? Supuestamente asistía como periodista a unos diálogos de paz entre las FARC y el gobierno colombiano organizados por el presidente Chávez. Pero en vez de realizarse en Guasgualito, como sucedió en el 2000 (¿o 2001?), se realizó en Cumaná.

Nosotros los periodistas no teníamos ninguna expectativa. No podíamos hacer preguntas sobre secuestros ni narcotráfico, así que no había posibilidad de un tubazo más allá de las declaraciones oficiales. Tampoco nos emocionaba ver a Raúl Reyes (muerto recientemente), por cuanto el “vocero de las FARC” vivía (en aquel tiempo) en Caracas y era fácilmente localizable por alguno de sus tres números celulares.

El encuentro era una “pantomima” para impresionar a los testigos internacionales y comprar a los periodistas con un día de rumba. Si no, ¿por qué nos advirtieron que trajéramos un traje de baño?

La verdad la pasamos del carajo-bien. Nos bañamos en el frío cristal de Mochima y comimos chigüire porque al cacique principal se le antojaba esta especie-en-extinción que tantas añoranzas le traían de Elorza. Eso sin contar el whisky Etiqueta Negra con agua de coco que corría a raudales entre los presentes.

Cuando todo el mundo estaba peo, se inició el regreso. Los cardenales, sudando en su vestimenta, se dejaban guiar por los curitas franciscanos locales (condenados a vivir en ese pueblito de Paria por su teología libera-cional). El aire acondicionado de los autobuses ejecutivos refrescaban la piel insolada de los observadores internacionales en su camino al aeropuerto. Los guerrilleros de las FARC, escalofriantemente sobrios en su humildad, abordaban los jeeps militares en su camino a lo desconocido. Los habitantes de la península de sal respiraban aliviados al ver a los rifles alejarse y les devolvían la playa a sus niños.

Los periodistas, borrachos y atiborrados de yuca con guasacaca, abordaban la buseta sin aire acondicionado. Sus cuerpos pegajosos de salitre se fundían con la goma espuma de los asientos malgastados. Ni siquiera podían estirar las piernas, por cuanto un soldado custodiaba el estrecho pasillo del colectivo. Por Dios. Ese pobre muchacho vestido de verde sudaba como un cochino, pero no soltaba su rifle.

Así que cuando el teniente invitó a algunos periodistas a compartir el mismo carro del presidente, salimos como unos pendejos a decir “sí”. ¡Aire acondicionado y quizás un tubazo! ¿Dónde?

Algunos se fueron con José Vicente, en aquel momento Canciller de la República. Otros nos montamos en la rústico presidencial. ¡Qué rico es tener plata! El presi nos recibió con un whisky en la mano, que revolvía con su índice a tono de burla. “Mírenme, si parezco un adeco, ¡pero yo no bebo Etiqueta Negra sino Azul!” El teniente coronel estaba muy simpático y yo estaba borracha.

El problema de estar borracho es que los demás pueden tomar ventaja de tí. No me había dado cuenta que eran mis tetas -y no mis palabras- las que tenían acaparadas la atención der teniente-corronel. Tampoco me había dado cuenta que el hummer-limusina se había desviado del comboy. Creo que nadie le había prestado atención a ese detalle si no fuera porque en ese momento la periodista de Globovision metió la pata.

– Pero mire señor presidente, ¿qué opina de los documentos encontrados en la computadora del Paúl Yeyez donde se demuestra la relación del gobierno venezolano con la guerrilla?
En ese momento la pea (borrachera) dio paso a un mareo, el cual se agudizaba con cada arremetida de micrófono de la periodista.
– Perdone señorita, este no es el momento para hablar de esos asuntos, los cuales son puras mentiras del agente del imperio Álvaro Pirobo, replicaba Chávez, mientras la verruga empezaba a latir.
– ¿Es verdad que les pagó $300 millones a las FARC, como denuncia el general Oscar Paranco?
En mi gran borrachera sólo encontré una forma de canalizar el miedo: dibujando. Nunca me había fallado… hasta ahora.
– ¿Pero de qué habla usted, escuálida golpista? ¿No será que usted es un agente infiltrado de Mister Danger? Si sigue así va a terminar mal, señorita Maria Isabel Papaya.
La experimentada (pero imprudente) reportera Papaya retiró el micrófono, amedrentada por el gesto vulgar de uno de los escoltas, quién la señalaba al tiempo que jugaba con su lengua contra la mejilla.
– Mija, deja de andar escribiendo, que eso no es bueno. Mira que comer papel es malo, “come-notas”. Pero las palabras de Chávez fueron inútiles para justificar el manotón, el cual hizo que la libreta cayera al piso del carro.
– Esta bien señor presidente, cambiemos de tema. ¿Es verdad que alfabetizar a una persona en la Misión Robinson cuesta mil dólares en comparación con el resto de Latinoamérica, donde el promedio es sesenta dólares? Eso lo dice Francisco Rodríguez en…

El silencio apuntó a Chávez, quién aspiró descaradamente de su pañuelo empolvado y miró a todos con gesto inquisidor. El auto se detuvo en una pequeña meseta asomada al Caribe. “¿Y ahora quién podrá salvarnos?”, pensé. Sólo estaba Chávez, sus dos guardias personales vestidos de rojo, María Papaya, el camarógrafo de Globovisión y yo. Al fondo esperaban tres camionetas llenas de militares. Estaba jodida.

Así que me desmayé, cual pendeja.

Una especie de corrientazo en el cerebro me hizo volver en mí misma. Cuando abrí los ojos, el presi me sostenía en sus brazos mientras me limpiaba el polvo de mi nariz. “Verga, me salvé”, pensé al ver su cara sonriente y pícara. El vicio hace cómplice a la gente, justo lo que necesitaba para salir del meollo.

– ¿Y tu qué eres, pintora o periodista?, me espetó el presi burlón.
– Ay señor presidente, usted sabe que yo trabajo para El Imparcial, que está con el proceso. Yo no voy a decir mentiras como la gente de Globovisión o RCTV; yo estoy aquí para informar a la gente sobre los…

Una señora feísima se apareció sosteniendo mi libreta Moleskine de notas, la cual siempre escondía en mis pantaletas para que no me descubrieran mi verdadera identidad cuando firmaba mis columnas. Su cabello, que parecía un pollo con diarrea, proyectó su siniestra sombra sobre mí. Sus labios rojísimos no paraban de gesticular, pero no importaba lo que decía. Seguía estando jodida.

– “Te voy a decir una cosa a ti, Tatiana Palacios. Tengo las pruebas que tu eres una de las operadoras psicológicas de la oposición. Yo te dije la última vez que no hablaba pendejada ni paja. Cuando asumo una acción, es conduntentísima. No vamos a permitir que le sigas haciendo pisicoterror fascista al pueblo bolivariano con tus columnas de Pepita Peludanegra.”

Esta vez ni mis tetas de silicón me podían salvar. Piña Alcohol era la peor pesadilla de cualquier ser humano con libre albedrío. No había soborno ni mamada que pudieran comprar su voluntad, por cuanto su lealtad al teniente-coronel derivaban de un fanatismo ciego.

– “¿Qué me vas a hacer, panita?”, dije apelando a mis finjidos orígenes populares.
– “Adivina, ¿tu no eres arrechísimo, pues?”, dijo, mientras me halaba del cabello y me arrastraba al borde del precipicio. Al fondo del abismo se encontraba la reportera Papaya, con la boca llena de notas. Apelé a lo único que nunca me había fallado en este país de machos hediondos: a mi condición de mujer.
– “Señor presidente, ayúdeme”, dije mientras abría un poco las piernas para que me pudiera observar el coño sin pantaletas debajo de la falda. “Le prometo que se lo voy a agradecer como nadie lo ha hecho”, agregué, arqueando la espalda.

El presidente hizo un gesto a Piña Alcohol, quién devolvió mi cabeza al suelo, no sin antes aprovechar para darme una patada en el estómago con sus pisamojones de plástico. El presidente me ayudó a levantarme, no sin antes aprovechar y meterme mano debajo de la falda. Uno de sus acólitos trajo un par de sillas, donde me senté agotada. El presi se sentó en la otra y me ofreció un pase de coca, lo cual agradecí azorada.

– Bueno, queridísima Pepita Peludanegra, ya que te la das de pintora, te ofrezco un trato. ¿Porqué no me haces un dibujo bien chevere, de esos que publicas en el Tal Vez y te dejo ir?

El sol robaba los colores del trópico. Apenas podía ver entre la luz del mediodía y el sudor. La grasa de mis manos se mezclaba con los pasteles y manchaba inintencionalmente el papel. Mal comienzo…


P.D.: Caricatura de DANIEL, de El Informador de Barquisimeto, en Lara.

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Filed under chavez, farc, ficcion, humor, la jaula de oro, miliares, policial, politica, suspenso, venezuela

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